El mismísimo diablo
Imagen de Jim Cooper en Pixabay Una mañana, cuando iba de camino al trabajo, oí a alguien gritar: —¡Me cago en Satanás! Me sorprendió porque siempre había escuchado la blasfemia dirigida contra Dios. Razoné que cuando algo nos va mal no es culpa de Dios, quien nos ama, sino del demonio, quien nos odia. Por lo que me pareció muy acertada aquella expresión. Ese día, por la tarde, estaba con mi amigo Tomás en la cafetería y compartí con él la expresión y mis reflexiones. —No estoy de acuerdo contigo —me dijo él negando con la cabeza. —¿Por qué no? —quise saber. —Si Dios nos ama tanto, ¿por qué no acaba con el demonio? Mientras hablábamos, reparé en un hombre que estaba mirándome fijamente. Sus ojos rojos y su boca esbozando una sonrisa maliciosa me produjeron un escalofrío. —¿Qué ocurre? —me preguntó Tomás. —Ese hombre de ahí, el de la mesa de la esquina, parece el diablo. —¿Qué hombre? Ahí no hay nadie. Esa mesa está vacía. Me quedé pe...