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Avalancha de palabras

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  Imagen de  dae jeung kim  en  Pixabay Alicia caminaba despacio mientras escuchaba con atención a Fernando. Apenas había dormido y comido, pero aún así se esforzaba por mantenerse al tanto de lo que él decía. Llegó a una plaza y deseó elegir una dirección, pero a ella le costaba tomar decisiones. Así que Fernando le dijo que girase a la derecha y ella le obedeció como siempre hacía. Fernando no paraba de hablar a toda velocidad. Alicia estaba aturdida ante la avalancha de palabras, pero se esforzaba por entenderlo. Sin embargo, le costaba recordar tanta información. Aun así, Alicia se daba cuenta de que en el discurso de Fernando había incoherencias, cosas sin sentido e incluso burdas mentiras, pero no se atrevía a decirle nada. Temía que él dejase de hablarla, que se marchara, que la abandonase para siempre.   Era tan agradable su compañía y tan terrible la soledad… Fernando era el hombre a quien ella había entregado su corazón y ahí estaba él, que no pa...

Dormido

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  Imagen de  Piyapong Saydaung  en  Pixabay Álvaro estaba haciendo su maleta. Alicia ya había terminado de hacer la suya y empezó a ayudarlo. Pero cuando aún estaba guardando las cosas, Álvaro cerró repentinamente la maleta. —¡Cuidado que me das! —gritó ella. Sara, la hermana de Álvaro, que estaba observándolo todo, dijo en tono burlón: —Está dormido el pobre. Y así era. Álvaro tenía los ojos soñolientos y no hacía más que bostezar. Alicia lo miró divertida y tras guardar una última cosa en la maleta y cerrar la cremallera anunció:   —Bueno, ya hemos terminado de hacer las maletas. Nos vamos. Pero él no parecía tener ninguna intención de marcharse porque se desplomó sobre la cama de la habitación del hotel. Alicia le dijo a Sara: —Oye, espabila a tu hermano que ya es tarde y perderemos el tren si no nos vamos ya. Sara trató de convencer a Álvaro para que se levantara y él respondió: —Idos vosotras. Yo me quedo aquí, que no puedo con mi cuerpo...

El inesperado regreso

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Imagen de  Aristal Branson  en  Pixabay Sonia cantaba villancicos mientras su hermana Carla la acompañaba con la pandereta. La madre de ambas, Ángela, había invitado a la familia y todos estaban muy animados celebrando las fiestas navideñas.  De pronto el timbre sonó. La anfitriona se sorprendió porque no había invitado a nadie más. Rápidamente, se levantó del sofá y fue a ver quien era.  Cuando miró por la mirilla, palideció. No podía ser él. Se trataba de su hermano Carlos. Dudó si abrir la puerta o no, pero inspiró profundamente y decidió abrir.  Hacía más de tres años que no se veían. Carlos padecía esquizofrenia. Su enfermedad mental le había puesto agresivo en varias ocasiones y Ángela llegó a temer por la vida de sus padres y de ella.  Quisieron internarlo en un psiquiátrico, pero era demasiado caro y no pudieron permitírselo. Tiempo después, sus padres fallecieron y Carlos empeoró. Él mismo, cuando estaba lúcido se daba cuenta de que ...

El baile

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Imagen de  Sunny Daye  en  Pixabay Un ruido me despertó de madrugada. Me levanté de la cama para ir a ver qué ocurría. Lancé una maldición al comprobar que no había luz. Encendí una vela y llevándola conmigo, bajé despacio y temblorosa las escaleras hasta el salón. Los peldaños de madera crujían desagradablemente bajo mis pies. Enseguida descubrí que la ventana del salón estaba abierta. Una fuerte ráfaga de viento agitó las cortinas, apagó la vela y me heló los huesos. Rápidamente cerré la ventana y, tras volver a encender la vela, inspeccioné hasta el último rincón de la casa. Allí no había nadie. Suspiré aliviada pensando que no se trataba más que del viento. Pero, una vez que hube subido las escaleras y regresado a mi habitación para tumbarme en la cama, volví a escuchar un ruido, esta vez acompañado de una voz de ultratumba. ― Alicia… ven… ― Al oír mi nombre pronunciado por aquella voz me estremecí. Bajé las escaleras con el corazón golpeándome en el pecho violentamen...

Sin corazón

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Carta :   Dixit . Dado:  Story cubes . Aseya mezclaba pociones y recitaba conjuros sin descanso. Le faltaba el corazón, pues se lo había regalado a la joven a la que amaba, pero esta lo había pisoteado burlándose de sus sentimientos.     La rabia de la alquimista era tan grande, que planeó vengarse: bajo la apariencia de una encorvada y vieja mujer, le ofrecería a la desdeñosa joven una manzana maléfica para que, tras morderla, cayera en un profundo sueño eterno.    Así lo hizo, y cuando tuvo a la joven a sus pies tendida sobre el suelo, Aseya sonrió con malicia y allí la dejó durmiendo para siempre.  ⚊•⚊∘⚊•⚊∘⚊•⚊∘⚊•⚊∘⚊•⚊∘⚊•⚊ ¡¡¡RETO!!!   Con este microrrelato participo en el reto del mes de octubre, propuesto por   Lídia Castro Navàs . Estas son las condiciones: Crea un microrrelato o poesía (máx. 100 palabras) inspirándote en la   carta . En tu creación debe aparecer el dado:   una manzana.   Para más información haz ...

El regreso musical

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Imagen de  Pexels  en  Pixabay Llevábamos sin hablarnos cinco largos años. Fui yo quien decidió separarse de él, porque no le aguantaba más. Los dos tenemos caracteres muy fuertes y siempre estábamos discutiendo. Primero llegó la ruptura sentimental, pero con ella nuestras discusiones no solo no cesaron sino que aumentaron. Por eso decidí romper musicalmente también. Sin embargo, hace una semana él me llamó diciéndome que quería regresar a los escenarios conmigo. Me explicó que quería sentir el calor del público otra vez y que solo a mi lado lo conseguiría. Estuve a punto de colgarle, pero no fui capaz.  Tras separarnos, ambos iniciamos nuestras carreras en solitario, sin éxito alguno. Nuestros fans querían que volviéramos a cantar juntos, que volviéramos a ser el dúo que habíamos sido antes de que yo me fuera. Tras un largo silencio, admití que me ocurría lo mismo que a él y, después de una breve conversación, acordamos llamar a todos nuestros amigos y a algun...

Cautivada

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Imagen de  ekrem  en  Pixabay Era feliz o eso creía. Me levantaba muy temprano por la mañana para ir a la escuela. Allí esperaba a mis alumnos: Cecilia, Carlitos, María, Manolito, Paulita y Pedrito. Tenían entre siete y nueve años y se aplicaban bien a los estudios. Había llegado a la aldea hacía ya más de un año y supongo que aún no me había invadido la monotonía y ranciedad de este lugar. Lo único que notaba es que aquí los días transcurrían muy lentamente y tan calmados como un mar sin oleaje.    Después de las clases, iba a mi cabaña y, en cuanto había terminado de limpiar y ordenarlo todo, me ponía a leer hasta que comenzaba a atardecer. Ensimismada, cotemplaba el sol anaranjado esconderse en el horizonte y las miles de estrellas que poblaban el cielo al anochecer. Antes de dormir, y como en la aldea no había electricidad, tenía que encender la luz del candil. Después de una cena frugal me iba a dormir a un camastro de hierro cuyos muelles chirriaba...